Un Dios para cada uno

Somos únicos. Nacemos y morimos en nuestra piel, con nuestros rasgos, con nuestra disposición genética, en un tiempo y un espacio determinados. No existe nadie igual. Si nos preguntamos qué hay diferente en este momento de la historia, la respuesta es, tú mismo. Sólo ahora estas aquí. Y eso es irrepetible, un acontecimiento único en la historia de la humanidad. Nunca antes habías existido y lo más seguro es que no vuelvas a existir. Da lo mismo cómo ha sido el mundo hasta ahora. Lo importante es cómo será después de que hayas pasado tú por él. ¿Qué aportarás, qué crearás, qué harás con el tiempo que se te ha dado? Este momento es único porque todos somos únicos.

Que las cosas sean como son nos hace olvidar que podrían haber sido de otro modo. Pero también que si son como son, es porque es así como tienen que ser. La individualidad, la singularidad de cada ser humano, es un hecho que pasamos por alto. Siempre ha sido así, por tanto no nos extraña.

Pero no nos paramos a pensar por qué es así, qué significa que seamos distintos, únicos. Si la vida fuera la única misión de la naturaleza o del plan divino, bien podría ser todo una gran bola de vida sin diferenciación, un enorme y mastodóntico ser que abarcara la vida en todas sus formas posibles. Un ser gigantesco, o ni siquiera un ser, simplemente vida que se auto-reprodujera, que creciera y viviera ajena a la diferencia. Un todo dentro de todo.

Pero no es así, existimos. Desde el principio de la historia el nacimiento de un ser humano es un hecho único, un acontecimiento memorable: Nací, decimos… Y a partir de ese momento, somos y estamos aquí. Y también desde ese momento pensamos y aprendemos y actuamos y queremos y soñamos y hacemos, y todo eso se convierte en quienes somos. Y cuando llegue el momento de morir, otro momento clave en nuestra indivisibilidad, dejaremos de ser quienes somos, dejaremos de ser. No más yo, no más tú, no más mundo, no más tiempo… ¿Habrá algo después? Nunca me ha preocupado ese tema. Quienes me conocen no entienden como puedo tener una idea tan clara de Dios, un sentimiento tan profundo acerca de su existencia, una espiritualidad tan “atareada”, y sin embargo no creer que exista nada después de la vida. Mi respuesta es que no importa. Si no hay nada, como no lo había o no recordamos que lo hubiera antes de nacer, vamos a parar a una no-existencia de la cual no tendremos consciencia. Es decir no habrá un sentir, un centro que eche de menos la vida, no habrá un yo para recordar. Será como antes de nacer. ¿Dónde estábamos? ¿Qué recordamos? Nada. Lo único que quedará será lo que hayamos hecho en el mundo, nuestras creaciones, lo que hayamos aportado. Y si eso es grandioso y tiene valor, permanecerá y cambiará vidas, y creará conciencias y pensamientos y sentimientos… Creará miradas, formas de ver y vivir la vida.

Por otro lado, si hay algo, fantástico, más aventuras, más que aprender, más que ver, más que sentir… Cualquiera de las dos opciones es buena.

¿Qué hay de la idea del cielo y el infierno? No creo en el infierno. Aunque como ya pensó alguien antes que yo, debería existir uno para hacer justicia. La idea del cielo por otro lado, me resulta tan… aburrida, que tampoco creo que nadie se lo merezca, al menos para toda la eternidad. Pero sí que muchas personas deberían ir al cielo por un largo periodo, para olvidar lo mal que lo han pasado, para estar en paz y tener sosiego y ser felices sin nada más de qué preocuparse por un tiempo. Del mismo modo que otras deberían sufrir los tormentos que han infringido multiplicados por mil.

Pero esto es especulación. Tratándose de este tema nunca se llega a ninguna conclusión. Porque hay mil teorías, tantas como personas, y cada una cree lo que cree basándose en su experiencia, en lo que ha visto y le ha tocado vivir. ¡Y lo que le ha tocado vivir a algunos! Pensemos en el Holocausto judío. En todas esas personas inteligentes y competentes, eficientes y organizadas que fueron condenadas precisamente por eso. Ese hecho histórico ha sido uno de los que más ha hecho dudar de la existencia de Dios. Si Dios existe, ¿Cómo es posible que haya permitido el Holocausto? Este es el ejemplo quizá más complicado para poner. Porque el misterio de la persecución de los judíos desde el principio de la historia es EL MISTERIO con mayúsculas.

Pero no sólo existe ese horror, ese infierno. Hay otros muchos. Tantos como personas que han sufrido. Y por supuesto existen tantos cielos como personas felices.

Si la vida ha escogido manifestarse en la individualidad, si cada persona tiene una vida distinta, una interioridad distinta, una apariencia distinta, unas circunstancias distintas, un destino distinto… ¿Es una locura pensar que cada uno tenemos un Dios distinto? ¿Un Dios para cada uno?

¿Por qué íbamos a tener todos el mismo Dios si todos somos diferentes? No hace falta más que mirar alrededor para ver que cada vida posee unas características diferentes y que cada ser humano tiene un alma que sólo le pertenece a él. Ese alma, ese sello inconfundible que hace de cada uno lo que es, ¿dónde tiene su origen? Obviamente es su singularidad lo que la hace única. Entonces, ¿no es lógico pensar que para cada alma existe un Dios? Quizá el Dios de cada uno es nuestro destino. Dios se manifiesta en todas y cada una de nuestras diferencias. La pregunta del millón es ¿Por qué hay vidas fáciles, alegres, ricas y completas y por qué existen vidas difíciles, tristes, pobres y vacías? ¿Por qué unos nacen con estrella y otros estrellados? ¿Quién o qué elige las circunstancias de nuestra vida, de nuestro carácter más íntimo? Es cierto que lo que hacemos con lo que tenemos es lo que nos define, y que personas que han nacido con muy poco construyen vidas ricas y profundas, mientras que otras que han nacido con “todo” lo desaprovechan y echan a perder, pero ¿Qué hay de la suerte? ¿Qué es la suerte? ¿Es Dios nuestra suerte?

Cuando alguien reza ¿A quién reza? ¿A su Dios o al Dios de su vecino que puede que sea musulmán o budista? Naturalmente, reza al Dios que le han enseñado a rezar. El hecho de que existan distintas religiones y distintos Dioses es un indicio de que las diferencias son las que cuentan. Cada raza y cultura a través de la historia ha desarrollado su propia idea de Dios. Nacer en una época y en un lugar concretos tiene sus consecuencias. Una de ellas es que heredamos el sentido de lo sagrado de esa cultura. Luego, cuando crecemos, adaptamos ese sentido a nuestras necesidades y creencias auténticas. Nos dan un modelo a seguir, pero con el tiempo descubrimos nuestro molde.

Ahora, después de miles de años de tener que aceptar la religión dominante como única y verdadera, tenemos la oportunidad de escoger aquella forma de relacionarnos con lo sagrado que mejor se adapte a nuestro espíritu. Estamos descubriendo que Dios es en realidad MI DIOS, que no tengo porque quedarme con una idea establecida hace siglos por personas que vivían y actuaban en circunstancias muy distintas.

Y también sabemos que para comunicarnos con nuestro Dios tenemos que utilizar nuestro propio lenguaje, hecho de la intimidad que comparto con él, que me conoce mejor que nadie. Mucha gente dice que Dios no existe. No lo ven ni lo sienten fuera. No es un cliché decir que donde se tiene que buscar es dentro. O sí lo es. Pero es un cliché que es cierto. Si esperas ver a Dios en los otros, encontrarás Dioses hechos a la medida de los otros. Y como todo, puede que ese Dios no te sirva a ti. Lo que hay que aprender es a conocer a nuestro Dios, a sentirle, tenemos que hablarle o rezarle, es lo mismo, con el lenguaje que entiende, con nuestro lenguaje. Mi rezo es un acto. Porque rezar es meterse dentro de uno mismo y mirar hacia fuera, hacia la Creación. Es dialogar con mi tiempo y mi espacio tratando de salirme de mi tiempo y mi espacio. La idea que tengas de tu Dios es la idea que tienes de ti mismo y de la vida.

Si tengo un Dios para mí solo ¿Qué puedo hacer con él? Se preguntará alguien. Sacarle todo el jugo posible por supuesto. ¿Cómo? Relacionándote con él. Hay que pedirle, ordenarle, darle y adorarle. Hay que relacionarse. Uno no puede pretender tener a un Dios de su lado si no se le hace ni caso. O si sólo se le hace caso cuando se le necesita para algo. ¿Qué clase de relación es esa?

Todo esto es demasiado misterioso y las leyes que lo rigen son inefables. Hablar de algo así, aunque pretenda hacerlo con seriedad, suena absurdo. Lo único cierto es lo que cada uno es capaz de experimentar, de sentir, de ver. Nada hay más real que eso. El trabajo para llegar a Dios es tan único e intransferible como cada uno de nosotros. Lo que funciona para mí puede no funcionar para otro.

Por eso la única forma de conseguir hacerle vivir es mirarle cara a cara. Si miro dentro de mí, puede que vea que mi alma me pide otras formas, otras creencias, otros rituales que los que me han enseñado… Pero tenga la cara que tenga, lo que es seguro es que si miramos dentro, si miramos muy dentro, veremos que hay un Dios que sólo nos pertenece a cada uno. Y ese Dios ya no hay que escribirlo con minúsculas, porque no por ser mío es menos Dios. Es el mismo Dios de siempre, sólo que para mí solo.

Tengo un Dios para mi solo, porque yo soy yo. Esta reflexión no es nueva. El mismo Dios dice en la Biblia: “Yo soy el que soy”.

Siempre me he preguntado qué quería decir con esta obviedad, pero ahora creo que se refería a esto. Al hecho de que Dios “es el que es” en cada uno de nosotros, es decir, ES cada uno de nosotros. Si es así, se explicarían muchas cosas. Otras muchas quedarían abiertas y con necesidad de respuesta. Pero por ahora quedémonos con el pensamiento de que cada uno tenemos nuestro Dios y que si hay una frase que podemos compartir con Él sin miedo a equivocarnos es ésta: “Yo soy el que soy”.

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