Desde el silencio de mi celda

Sueño a menudo con mi otra vida. Esa que no he escogido porque disponemos de poco tiempo y es necesario elegir y abandonar opciones. Mi deseo de ser monja de clausura es una renuncia voluntaria, pero las imágenes de esa otra vida son tan tangibles, los “recuerdos” tan lúcidos y la felicidad que me proporciona pensar en ella es tan intensa, que me pregunto si no estaré viviéndola en otro plano. Quizá haya otras vidas dentro de esta vida. Vidas que nos son tan propias e indispensables como la que aparentemente nos conforma. Estas son las evocaciones de un yo que también es mío:

“Vivo en un convento. Cada día me despierto pura, fresca con el repique de las campanas. En una celda cómoda y desnuda. No tengo más que una cama, mi hábito, una mesa y una silla. Y mis cuadernos. Hay una ventana desde donde se ve un huerto, árboles y montañas verdes. Siempre húmedas.

Me levanto al alba para rezar, para glorificar con todo mi ser ese mundo exterior que desconozco. No veo la televisión, no leo el periódico, sólo poseo algunos libros.

Esta es mi vida. Rezar, trabajar en el huerto haciendo crecer los tomates. Viendo cómo cada día se hacen un poco más grandes, un poco más rojos. Y después, cuando llega el momento, es mi mano la que los arranca de la tierra, la que los sirve troceados en la mesa. Un sacrificio incruento y hermoso en el que sólo hay vida y sabor.

Me imagino libre del mundo, de sus tentaciones, de sus imágenes prefabricadas. Lejos del conocimiento de lo que es la vida moderna y sus exigencias. Nada de ropa, nada de maquillaje, nada de decoración. Sólo contemplación. Sentir cada instante como lo que es. Sin necesitar ser otra cosa que un ser que observa.

Comer en silencio en un comedor amplio y algo frío. En mesas largas mientras una hermana lee, no la Biblia, la Biblia jamás, sólo poesía. Una poesía que habla de Dios, del silencio, del viento, del agua que corre fresca entre las piedras de un arroyo. Luego paseamos mirando el paisaje, las nubes. Siempre hay nubes. El sol nunca brilla aislado en el cielo. Quizás en el ocaso, cuando ya no puede herirnos con su obscena luminosidad.

Siempre hace fresco. Un viento suave y tormentas que se llevan un toldo de lona. Llueve.

Mientras estoy en mi celda oigo el agua caer sobre el tejado. Las sombras me nutren. Aspiro el verdor que nace del suelo.

No conozco a nadie. No tengo padre, ni madre, ni hermanos, ni novios. No soy nada más que yo. Ni siquiera estoy segura de cómo es mi rostro. Casi nunca me miro en el espejo. Mi espejo son mis libros, la ventana que da al huerto, mis manos callosas y agrietadas.

Respiro lentamente, mirando el cielo en una noche estrellada y desconozco que en algún lugar, lejos de aquí, hay gente que trabaja para comprarse un coche, un traje elegante. Desconozco que hay gente que lucha por hacerse hueco en la pirámide de la vida. Desconozco que hay gente que sufre porque no puede pagar unos zapatos tan inútiles como caros. Yo sólo tengo un par muy cómodo que cepillo cada noche y que utilizo cada día hasta la madrugada. Unos zapatos cómodos y sencillos que calientan los pies y envejecen deprisa por el uso. Unos zapatos que serán sustituidos cuando la suela se desgaste y el agua del huerto me empape las plantas de los pies.

La vida es eterna aquí. Las noches llegan cargadas de esplendor y los días envueltos en nubes.

Hablamos, reímos, cantamos a Dios.

Nadie sabe muy bien si ese Dios al que alabamos existe realmente pero nos hace felices pensar que su silencio es una forma de reverencia. Podemos sentirle cerca y siempre está lejos. Respiramos su inaccesibilidad.

Con nuestros cantos hacemos crecer en la cúpula de la iglesia un suspiro sostenido. Las palomas atraviesan llenas de gozo ese aire electrizado de oraciones.

Hace frío. El frío está vivo. Nos hace sentir nuestros dedos, nuestra nariz.

La comida es sabrosa, contiene aromas del campo. Comemos campo. Lo hacemos crecer y luego lo digerimos.

Hay gente con hambre, hambre de verdad a la que ofrecemos comida. No palabras. Sólo lentejas calientes, verdadero alimento que nutre desde dentro, que reconstituye cuerpos extenuados y les devuelve la fe en la vida.

Les cosemos la ropa, les dejamos dormir en el templo y ellos sueñan con bellas imágenes. Después se marchan hasta la próxima comida. Son libres. Igual que yo. Ellos reciben porque saben que hay alguien que desea dar. Ellos son una razón, el argumento de una voluntad.

Los días pasan. Nieva.

Un cuervo negro y brillante se posa sobre la verja. Mira alrededor con serenidad. Conoce el paisaje. Es hermoso como un pensamiento contradictorio. Su silueta resalta sobre la nieve. Está anocheciendo.

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Las campanas llaman al rezo. Atravieso el claustro con paso alegre. Hoy, como todas las noches, elevaremos nuestros cantos al cielo, hacia esa oscuridad que nos acoge en el universo. Somos un planeta suspendido en una penumbra infinita. Nuestros cantos traspasarán la atmósfera y viajarán por la negrura. Voces puras que invocan el silencio primigenio.

Un viajero extraviado llega de madrugada. Le ofrecemos cobijo y sopa caliente en la amplia cocina con suelo de piedra. Yo siempre soy la primera en despertar. No me importa levantarme, ponerme en marcha. Mi oído es fino. Necesita ayuda y nosotras se la damos. A cambio le pedimos silencio. Nada de charla. Sólo exclamaciones, observaciones acerca de nuestras piedras, del frío. No podemos permitir que el mundo nos penetre. Queremos mantenernos puras, frescas como los vegetales que crecen en el huerto.

Hay un fuego en la cocina. Leche recién ordeñada. Huele a pan caliente.

Cuando el sol se levanta nosotras ya caminamos por los pasillos, atareadas. Barremos suciedad que mañana volverá a estar en el mismo sitio. Pero sólo vemos lo que nos acerca a Dios.

Nada más existe.

Somos bendecidas cada día. Lo sabemos cuando cantamos, cuando rozamos con nuestros hábitos las hierbas altas del campo.

Es hermoso vivir lejos del mundo. En un cielo de silencio, de cantos y crepitar de llamas.

No sabemos nada que no sea esencial. Y son tan pocas cosas las que importan. Amamos, sentimos, cantamos. Lo sabemos todo.

Corremos entre los árboles, saltamos entre las piedras, nos tumbamos sobre la hierba mojada. El sol brilla entre las ramas. Recibo su luz filtrada.

No hay nada más eterno que los días felices.

Viviremos siempre.

Cuando el otoño pase recogeremos las hojas caídas y nuestra voz seguirá atrayendo a los cuervos. Nuestros rezos franquearán el tumulto de las grandes ciudades. Entre el barullo y las prisas atravesará los corazones de aquellos que saben escuchar.

No saben que existimos pero nos sospechan. Pueden percibir nuestros cantos y el contento que les ofrece es como el que yo siento ahora, soñando que vivo lejos, en un convento de piedra. Sus cantos son tan poderosos que han llegado hasta mí. Dejo el lápiz después de haber sentido la eternidad de días idénticos, el peso de las estaciones.

No sé dónde está ese otro yo, pero sé que existe. Canto, y a través de las bocinas de los coches y el movimiento de la ciudad, yo, que estoy a la vez fuera y dentro, he captado su alegría. Mi alegría.

Amo esa vida. Mi otra vida. Sólo tengo que cerrar los ojos para ver el huerto a través de la ventana de mi celda. La nieve ha desparecido. Otra vez es primavera”.

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