Meridiano de Sangre

Harold Bloom, a quien considero el crítico literario más sabio y lúcido de nuestro tiempo, escribió en el año 2000 un libro titulado “Cómo leer y por qué” en el que realiza una apología sublime de la creación literaria. Bloom, con su portentosa capacidad de comprensión, su infinito amor por el detalle y su apasionada convicción en los poderes iluminadores de la literatura, proporciona decenas de bellas razones por las que leer los cuentos, poesías, obras de teatro y novelas que selecciona en el libro.

Una de las obras que nos enseña a amar es Meridiano de Sangre de Cormac McCarthy. Su análisis acerca de cómo leerla y por qué es la carta de presentación más creativa, convincente y seductora que he leído jamás. Bloom comienza designando Meridiano de Sangre como “la autentica novela apocalíptica estadounidense” y en sólo cinco páginas consigue que la necesidad de hacerse con una copia sea imperiosa, inmediata e inevitable. Bloom advierte también que “la carnicería abrumadora” con que nos sorprende la novela puede hacer retroceder a muchos lectores, pero como él, opino que merecen la pena todas y cada una de las decapitaciones, los descuartizamientos, los ahorcamientos de bebés, las masacres de indios, los brillos de las vísceras desparramadas en inmensos charcos de sangre, y el hambre y la sed, y la agotadora lucha contra la inmensidad del desierto y el frío, y el continuo rebanado de cabelleras y los locos acuchillamientos, y las orillas de ríos enteros teñidas de sangre, y los sombreros de piel humana y los collares de orejas secas, y las amputaciones de órganos sexuales en masa…. Y así podría seguir cuatrocientas páginas de la más terrible y hermosa de las novelas que he tenido el placer de leer. Porque a pesar de la incesante violencia y el salvajismo, la escritura de McCarthy es tan poética y profunda, tan vívida y expresiva, y contiene tanta verdad y tanto color, y tanta luz y tanta sombra y tanto sabor que nada queda reducido al sinsentido, ni resulta, como dice Bloom, gratuito o redundante.

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Es también fascinante y digno de destacar la osadía del escritor, el valor de atreverse a escribir algo tan difícil, tan poco común y carismático. A cada página me preguntaba qué clase de mente, de alma, de conciencia es precisa para generar semejante epifanía del horror, para tratar con una maestría y dominio tan absolutos lo peor de la raza humana en sus más escalofriantes facetas y aún así quedar por encima de la indiferencia y el sin sentido. Es dificilísimo, casi imposible, rebozarse de esa manera en la crueldad y la depravación y emerger tan inmaculado, tan lleno de Gracia que ni siquiera se necesite arrepentimiento para brillar cerca de lo inefable. Ahora sé que no hay nada más hermoso que el horror bien relatado. Lo terrible se hace vital y lo vital se hace divino en manos de McCarthy. Como él mismo declara, sólo lo que trata con lo esencial, es decir con la vida y la muerte, puede ser interesante.

Resulta hipnótica su capacidad para hacer magia con las palabras, palabras que transmutan la fealdad en belleza y lo atroz en sagrado. Los terribles episodios que se suceden página tras página nada tienen que ver con la violencia gratuita a la que estamos acostumbrados, al contario. A medida que avanzamos se tiene la sensación de que se nos ha permitido el acceso a una dimensión numinosa y primigenia, un espacio donde sólo seres capaces de lidiar sin contriciones con lo más brutal, con la supervivencia y las inhumanas y frenéticas erupciones de la guerra misma, pueden sobrevivir. El contexto de la novela es un “Western” pero lo que hierve es una fragua de dioses, demiurgos y titanes incapaces de contener su poder de destrucción, condenados a hacer uso de la crueldad y la capacidad de aniquilamiento como única forma de revelarse contra la nada.

Uno de esos seres, mitad humano, mitad divino-demoniaco, es el juez Holden. Uno de los personajes más interesantes que se ha creado en literatura. Su asombroso físico armoniza con la brutalidad de sus actos que quedan respaldados por el misterio y la profundidad que encierran sus mensajes. Cada vez que aparece, la lectura adquiere una dimensión más insondable, una ambigüedad más seductora. Es un ser terrible y atractivo que, según él mismo afirma, no duerme nunca y no morirá jamás. No sabemos si eso es cierto, pero lo que se nos muestra confirma sus sentencias hasta lo que somos capaces de apreciar, y no dudamos de sus palabras porque sus actos y su destino apoyan su presunción. Es, en verdad, un ser titánico, perteneciente a una raza distinta. Una raza que no puede ser juzgada por leyes humanas. Atraviesa el tiempo y el espacio como un alienígena llegado de una galaxia distante, impasible ante el insignificante dolor de los hombres, lleno de curiosidad ante todo lo circundante, ávido de conocimiento y rebosante de una escalofriante sabiduría que nos deja helados con su clarividencia.

Meridiano de Sangre podría haber sido nada más que una novela histórica violenta sobre la expedición paramilitar de los Glanton, pero McCarthy ha visto o comprendido algo que el resto no podemos siquiera imaginar y desde ahí, desde esa posición cosmogónica y atemporal, manipula el verbo como sólo saben hacerlo los grandes soñadores, para hacernos cómplices del horror, de la destrucción y lo macabro. Y mostrarnos que con el hechizo adecuado, hasta el mismo infierno puede cautivarnos.

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