José Antonio Marina

Lo que necesitamos con urgencia es reconocer el enorme poder y la crucial importancia de los intelectuales. Una cultura no puede existir sin un flujo constante de ideas, y la mente alerta e independiente que las origine; no puede existir sin una filosofía de vida.” […] “Un país sin intelectuales es como un cuerpo sin cabeza.

Ayn Rand

José Antonio Marina no es solamente uno de los filósofos más importantes de nuestro tiempo, es también el más necesario. Es un sabio alegre con una misión trascendente: Hacernos amar aquello que nos conviene. Amar lo que nos conviene es una bendición. La mayoría de las veces el resultado de una buena educación. Ésa es la principal función de Marina, la de educador. Él sabe qué es lo mejor para nosotros. Su filosofía es una herramienta práctica que nos enseña lo más importante: Cómo vivir.

Marina no es una figura oscura encerrada en una torre inaccesible, ni una mente cargante y enrevesada alejada del mundo y sus necesidades. Muy al contrario. Su pensamiento es alado, ligero, tremendamente útil y liberador. No pasa un día en el que no lea u ojee algún libro suyo. No exagero. La razón es la misma por la que bebo agua todos los días: porque es bueno para mí.

Sus libros son amenos y fáciles de leer. Son libros que además nunca se agotan. Porque una vez que los terminamos podemos abrirlos por cualquier página con la seguridad de que encontraremos una frase que arrojará nueva luz sobre el tema que trate: la educación, la inteligencia, la voluntad, el carácter, la motivación, el talento, la creatividad, Dios, la valentía, el miedo, los sentimientos, el poder, la dignidad, la sexualidad, la ética…

Mis dos libros preferidos, esos que tengo siempre a mi lado, son Teoría de la inteligencia creadora y El misterio de la voluntad perdida, que es en el que me voy a centrar esta vez porque creo que la voluntad es nuestra mejor aliada para alcanzar la Aristeia. Sin voluntad, por muy inteligentes que seamos, por mucho talento que tengamos, por mucho conocimiento que poseamos, no podríamos hacer mucho.

Al comienzo de El misterio de la voluntad perdida, Marina nos dice que su tarea es la de investigador privado. Él investiga lo que a nosotros nos interesa saber y como Sherlock Holmes, puntualiza: “El mundo está lleno de cosas obvias que a nadie se le ocurre, ni por casualidad, observar”. Es cierto. La tarea de poner en evidencia las debilidades, las tendencias y los peligros que amenazan a una sociedad requiere de una mirada lúcida que se atreva a denunciar lo que otros dan por sentado. Porque lo que hay, no es siempre lo mejor.

En El misterio de la voluntad perdida, Marina recupera un término que ha caído en desgracia: la voluntad. Las consecuencias de este infortunio son desastrosas y se ven por todas partes: incapacidad para terminar proyectos, indolencia, falta de responsabilidad, frustración… El problema es que la voluntad se relaciona ahora con ideologías que coartan nuestra libertad, como la voluntad de poder de las dictaduras y los sistemas totalitarios y con términos que tienen tintes represivos como la disciplina, la moral, la rigidez… Como todas estas ideas las relacionamos con un pasado del que hay que huir, abogar por lo contrario, es decir, por la espontaneidad, la libertad y la tolerancia parece mucho más razonable y moderno. La realidad es que es una forma muy ladina de evadirse de la responsabilidad de usar bien la palabra. Creemos que somos muy listos porque apelar a absolutos que a simple vista son incuestionables es una táctica de escaqueo perfecta. El problema es que esa táctica va en contra nuestra.

La voluntad, como la posibilidad de elegir, son dos de las funciones que definen al hombre. Un hombre sabe lo que quiere y sabe cómo conseguirlo. Punto. Lo demás son niños pidiendo el bocadillo, o lo que les den, en el patio del colegio. Un hombre puede contar con su voluntad. Su voluntad es su aliada, su arma contra la flojera, contra la frustración, contra el abandono, contra la impulsividad adolescente. La voluntad nos convierte en seres racionales y reflexivos. Y sobre todo, nos hace fuertes. La fuerza, otro término del que hoy se recela, es imprescindible para ser hombre. Marina dice: “La postmodernidad tiene miedo del sujeto fuerte”. Es cierto. Pero ser fuerte no significa ser bruto, ser un dictador, ser un macarra, significa que poseo la energía y la resistencia necesarias para hacer frente a lo sea. Marina señala también que el postmoderno no se inmuta si se le llama débil porque eso significa que es tolerante, que no se aferra a sus ideas y que por tanto no es intransigente ni fanático. La blandura está mejor vista que la fuerza. De nuevo creo que es una excusa para tirarse a la bartola y reivindicar la indolencia y el “todo vale”.

Porque la realidad es que para llevar a cabo un proyecto hace falta voluntad, constancia, tesón. “La voluntad es inteligencia aplicada a la acción y sin ella estaríamos sometidos a nuestros impulsos…” dice Marina. Es decir, sin voluntad seríamos bebés, criaturas, animales. La voluntad, como la hombría, se hace, no se nace con ella. La voluntad es un comportamiento dice Marina, no una facultad. Puede que haya personas que nazcan con una voluntad inquebrantable, pero la mayoría debe entrenarse, aprenderla. De nuevo llegamos al tema imprescindible de la educación. Del mismo modo que los guerreros espartanos se entrenaban desde pequeños para la guerra, quien quiera poseer el arma perfecta para conseguir sus metas, para ser autónomo y “para hacer el porvenir tan irrevocable como el pasado” necesita convertir su voluntad en un hábito. Entrenarse dice Marina es “tener un proyecto que excede nuestras capacidades y estar dispuesto a inventar esas capacidades para conseguirlo”. Qué no lograríamos si fuésemos capaces de hacernos una promesa y mantenerla. Seríamos superhombres. Porque cumplir las promesas que nos hacemos nos hace poderosos. Si supieramos que todo lo que nos propongamos hacer lo haremos, qué seguridad, qué dominio.

Dominio, claro está, sobre nosotros mismos. No hay nada más difícil, ni tampoco más satisfactorio. Tener voluntad es darse ordenes a uno mismo y obedecerlas. ¿Para qué querría darme ordenes y obedecerlas? Para lograr mis propósitos. Es imposible avanzar, crear o evolucionar sin un plan, sin una dirección.

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Sin un plan se sobrevive, como sobreviven los ornitorrincos, cuya vida transcurre entre las tareas básicas de encontrar comida regularmente, descansar, procrear y poco más. Un hombre no debería ser un ornitorrinco. Un hombre se distingue de los animales en que puede elegir y planear sus metas. A quien piense que sería maravilloso tener la vida despreocupada y básica del ornitorrinco, sin deseos insatisfechos, sin obligaciones ni agenda, le diré para empezar que tener un pico tan plano debe ser muy incómodo. Además tienen los ojos muy pequeños y casi siempre están mojados. ¿No son suficientes razones para dejar de querer ser un ornitorrinco? Quizá le persuada saber que el ornitorrinco es un esclavo de su naturaleza, que no conoce la libertad de escoger, o que todos sus movimientos están controlados por una fuerza mayor que le impide salir de su rutina, o que sus días serán siempre iguales porque jamás se planteará escapar del entorno que le corresponde, o que no poseerá en su vida más que las facultades que la naturaleza le ha otorgado porque no puede aprender nada para mejorar su vida, o que en su vocabulario no existe la palabra YO… Un momento… Si alguien descubre que estoy relatando su vida quizá debería mirase en el espejo para ver si le está saliendo un pico plano. Porque aunque parezca absurdo es posible convertirse en ornitorrinco. Un ornitorrinco en cambio jamás podrá convertirse en hombre. Jamás podrá rebelarse contra su naturaleza, contra lo que le oprime, jamás podrá educarse a sí mismo para conseguir lo que quiere.

Tener capacidades y posibilidades y no usarlas es quizá lo más triste del mundo. Poder ser un hombre y ser un ornitorrinco es aterrador. Tanto como no ser capaz de ver lo que podría conseguir si la voluntad fuera mi arma. La vida es lucha, acción. Todas esas “cargas” de las que nos quejamos son en realidad plataformas, pistas de despegue que están ahí para que podamos salir volando, para lucirnos. Éste es nuestro momento. Si quiero brillar, demostrarme a mí mismo hasta dónde puedo llegar, debo hacerlo ahora. Si no existieran los deseos, los obstáculos, las necesidades ¿Cómo sabríamos quiénes somos y hasta dónde podemos llegar? Marina dice que muchos piensan como esa paloma que creía que sin la resistencia del aire volaría con más libertad. No sabía que es precisamente esa resistencia la que le permite elevarse y surcar los cielos.

Y es que la libertad, otro tema en el que Marina profundiza en El misterio de la voluntad perdida, parece ser lo que todo el mundo ansía. No se oye a menudo: “Quiero tener voluntad”. Pero sí oímos “Quiero ser libre”. Marina pregunta: ¿Libre para qué? Si como él investigáramos hasta el fondo nuestros motivos y el significado de las palabras que usamos, veríamos que lo que en realidad queremos no es libertad sino ser felices. Como la voluntad, la libertad es otro término sobre el que hemos creado nuestras propias ideas sin ponernos a pensar qué significa realmente. Marina dice “No queremos ser libres: queremos tener control de nuestros fines, decidir lo que queremos para nosotros, cómo realizarlo, cuándo darnos por satisfechos, cómo disfrutar más. No es un problema de libertad (eso es el vaciado, el negativo): es un problema de control”. Y continua su proceso de investigación: si ese control lo estrujamos y analizamos para ver qué significa realmente, nos damos cuenta de que incluso más que control lo que queremos realmente es autonomía. Ser autónomo es el estado ideal. El ser autónomo, dice Marina “tiene fuentes propias de energía”, “fines propios”, “tiene su modo propio de seleccionar y asimilar la información”, y además “tiene mecanismos para ajustar la respuesta a su disponibilidad de energía, a sus fines y a la información que dispone”.

Sabiendo qué es lo que más nos conviene: ser autónomos, y sabiendo cómo conseguirlo: mediante la voluntad, tenemos mucho ganado. Que alguien haya investigado y descubierto para nosotros que: “La voluntad es un medio para conseguir autonomía” es un regalo impagable. Como siempre dependerá de cada cual lo que haga con esta información.

Aquí sólo estoy ofreciendo unos canapés, un aperitivo para abrir el apetito. Podría escribir miles de páginas sobre lo que Marina tiene que enseñarnos, pero sería ridículo usar un intermediario para explicar lo que él hace mejor que nadie. Lo ideal es ir directamente a la fuente, leerle a él, escoger un tema que nos interese, algo que nos preocupe, algo sobre lo que queramos saber más. No hay que olvidar que la esencia del estudio de Marina es el hombre, por lo que cualquier libro suyo tendrá algo que decirnos.

Una de las sensaciones que se tienen cuando se lee a Marina es que su optimismo está fundado en bases sólidas y posibles. Por eso, entre otras cosas, da tanto gusto leer sus libros. Porque aunque está en el mundo y conoce el estado de las cosas, su forma de mirar y de proponer soluciones hace que todo parezca, no fácil, pero sí posible. No desmoraliza, al contrario, entusiasma (entusiasmo significa estar lleno de Dios). Cuando vemos un patinador experimentado pensamos en lo fácil que debe ser deslizarse por el hielo, saltar y girar. No hemos presenciado todas esas horas de duro entrenamiento, las caídas y las lesiones. Sólo vemos gracia y soltura. Lo mismo ocurre con Marina. Él ha estudiado el mundo, al hombre, a la sociedad y con todo ese conocimiento, después de muchos años de pensar, de observar, de analizar, de comparar, ha llegado a la conclusión de que quiere mejorarlo. Cree que es posible. Y cuando escribe sobre la inteligencia, sobre la voluntad, sobre el talento, sobre lo que sea, lo hace con tanto sentido común, con tantos datos, y además, con tanta ligereza y con tanta gracia, que parece que ser mejor es posible y casi fácil. Marina cree en la inteligencia y en su evolución y considera que estamos capacitados para mirar atrás y aprender de los errores del pasado. Marina cree en el hombre y en su futuro. Sus libros son manuales de consciencia. En ellos se nos revelan las claves para conquistar la excelencia.

Hay gente que se alegra cuando gana su equipo de futbol y esa victoria les mantiene contentos durante la semana o el periodo en que son vencedores. A mí me hace feliz saber que existen personas como Marina. Saber que ahí fuera existe un hombre que dedica su vida a hacernos más sabios, a educarnos, me produce alegría, tranquilidad. Saber que de esas horas que todos compartimos por igual, él saca oro, y que ese oro nos lo ofrece con tanta generosidad para que lo usemos como queramos, me parece admirable. Marina está ahí, ha ganado. No esta semana, este torneo o esa otra copa. Marina se ha ganado una victoria eterna y ya no puede desaparecer. Nunca lo hará. Marina es.

Nuestro próximo Aristo será Lord Byron, héroe romántico por excelencia. Aristócrata de cuna y de carácter, Byron creía que el mundo había sido construido en su honor. Lo fue. El mundo está hecho para todos aquellos que consiguen modificarlo, cambiarlo, usarlo. Byron es la primera imagen heroica que traspasó mi entendimiento. Su vida y su obra son una inspiradora prueba de lo que es posible conseguir si creemos en nosotros mismos. Es el poeta de poetas, el primer “Rock Star” de la literatura, que cambió el mundo con su genio y su carácter. Byron fue un incidente histórico, uno de esos seísmos cuyas sacudidas se expanden a través de los siglos. Su vida fue su verdadera obra de arte. Una vida que es poesía arrebatada de osadía y orgullo, de superación y dominio.

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