Byron, la voluntad heroica

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“El héroe es quien quiere y puede.[…]  Ser derrotado (querer y no poder, poder pero no lograr querer) es lo fácil; lo difícil es triunfar, querer y poder”

La tarea del héroe
Fernando Savater

El ideal heroico es algo que me acompaña desde que puedo recordar, una de las primeras emociones que, junto con la fascinación por lo sagrado, ha marcado mi vida. Cuando apenas sabía leer, fue la imagen de Byron, y lo que representaba, la que activó mi inagotable capacidad de admiración. Es imposible calcular cuánta felicidad me ha proporcionado, y me sigue proporcionando, esa capacidad. Admirar es perderse en la grandeza, es imaginarla, vivirla. Si eso se hace conscientemente, uno puede “sentir” lo que es ser Byron. Yo, he sido Byron. Empecé a serlo hace más de cuarenta años y después de llevarlo dentro tanto tiempo, Byron es parte de mi vida. Es quizá el personaje que más me ha marcado, otro de esos Aristos con los que presumo compartir una genética del alma. Y es que siempre digo que hay que rodearse, hermanarse, familiarizarse sólo de aquello que admiramos. Cuando iba al colegio me ponía encima del uniforme gris un abrigo Loden enorme y recorría los interminables y brillantes pasillos cojeando, tal y como imaginaba que él lo haría. En esa época su cojera, lo que a él menos le gustaba de sí mismo, era lo único que podía emular. No daba para más. Pero así se forjó la comunicación invisible que me conectaba con su persona. Comencé cojeando y después, empecé a pensar que el mundo había sido creado en mi honor… Sí, tal y como él lo creía.

En el principio fue Byron…

No importa cuánto nos alejemos en el tiempo o en el espacio, allí donde habitan los hombres están los héroes. Ellos pueblan el corazón del mito porque son quienes mantienen en tensión los lazos que nos unen a los dioses. Dan forma a la necesidad humana de grandeza. Se crean o se inventan, nacen o se hacen, pero ser un héroe es ser para siempre. Hayan vivido en la vida real o en la ficción, lo han hecho con tal intensidad, que lo que perdura de sí mismos alcanza la eternidad.

Ese anhelo de eternidad nos envuelve a todos. Nos roza o atiza con sus exigencias porque todos en algún momento soñamos con ser héroes, con superar nuestros miedos y avanzar entre las multitudes sostenidos por una certeza tan arrolladora que el mundo entero no tendrá más remedio que rendirse ante el poder de nuestra soberanía. Todos recordamos el tiempo en que ser héroes ocupaba la mayor parte de nuestros días y nuestras noches. Luego el tiempo pasó y para algunos el sueño se fue alejando. El mundo les trajo posibilidades más cercanas, menos agotadoras. Al menos eso les pareció en un principio. La intensidad desapareció de sus vidas y el ideal forjado pasó a engrosar el cúmulo de recuerdos de lo que soñaron ser. La vida mostró sus orillas, se estrechó y los sueños dejaron de impulsarles hacia delante y les detuvo en la inmediatez de lo posible. Sólo unos pocos no abandonaron el proyecto.

Si existe un héroe que refleje el principio de voluntad heroica es Lord Byron. Su retrato, vestido con traje albanés, es la primera imagen heroica que me regaló el mundo. Debió de ocurrirme lo mismo que a los patos recién nacidos, porque ese cuadro representó en adelante, los rasgos con los que me iba a identificar, el ideal a seguir: La imagen de un héroe vestido de héroe.

Y es que para convertirse en héroe hay que actuar como un héroe, pensar como un héroe, mirar como un héroe. Detrás de un ideal conquistado se esconde un trabajo formidable, una pelea constante con fuerzas que amenazan tanto desde el exterior como desde dentro. En Byron, la existencia fue una lucha contra lo convencional, contra lo posible. Hizo de su vida la realización de un sueño, su sueño, y como buen héroe se creó a sí mismo más allá de herencias y presiones familiares, sociales y culturales. La imagen que Byron tenía acerca de sí deslumbró a la Europa del siglo XIX que por entonces estaba encandilada con El Romanticismo y lo imposible, y en una época donde la proliferación de genios fue de las más fecundas de la historia, él logró ser la envidia incluso del padre de todos ellos: Goethe.

Su vida es conocida por casi todo el mundo. Nació y murió, como todos. O no exactamente de la misma forma. Vivir y morir no son términos genéricos. Porque Byron fue uno de los pocos poetas capaz de fusionar acción y poesía, sueño y vida, pasión y reflexión. No renunció al mundo, lo trasformó con la fuerza de su imaginación y la potencia de la figura soñada fue tan intensa que el mundo captó su idea, penetró en su fantasía y la alimentó con entusiasmo.

Crear héroes de ficción es más fácil que convertirse en uno. El papel admite circunstancias ideales y magníficos destinos con desenvoltura. Lo difícil es crearse en el mundo y no sólo resistir, sino aprovechar lo adverso y convertirlo en impulso, en fuerza. Byron nació con una deformidad en el pie que marcó toda su vida. El precepto misterioso que mezcla genes y sustancia ósea, rasgos y predisposiciones físicas dispuso sus ligamentos de forma equivocada. En la combinación final quedó también establecida una tendencia innata a engordar.

Todos sabemos que la crueldad y la sensibilidad nunca están tan a flor de piel como en la niñez. Es un tiempo en que la herida está abierta y la daga afilada. Es posible que los motores que conducen nuestros destinos sean alimentados con la gasolina que acumulamos durante la niñez, que el alma y nuestra suerte se creen cuando aún carecemos de forma. Un trauma, un recuerdo doloroso, una vivencia humillante, una traición… La historia demuestra que quienes tienen el poder de transformar el dolor en coraje o en creatividad no podrán agradecer lo suficiente al destino haber sido marcados, como le ocurrió a Byron, con una herida que nunca cicatriza.

Cómo un niño acomplejado, cojo y orondo llegó a convertirse en el poeta más hermoso y deseado de Europa es un secreto de héroe, pero sabemos por sus cartas que para superar una genética defectuosa tuvo que sacrificar placeres e inventar nuevas formas de moverse.

Nuevas formas de moverse en la tierra, en el agua, en los sueños, ante los hombres. Lo que podía haber sido un defecto, Byron lo convirtió en un sello de identidad. Su caminar se transfiguró en un recuerdo constante de que para ser héroe uno no puede relajar ni siquiera el paso. Tenía que compensar aquella tara. Por eso se demostró a sí mismo que allí donde la naturaleza le había fallado, él era capaz de superarla y el 3 de mayo de 1810 cruzó a nado los casi siete kilómetros de mar que separan Europa de Asia. Atravesó el gélido Helesponto venciendo con semejante hazaña una sensación de torpeza que desde niño permanecía pegada a su piel. Ya había llevado a cabo empresas igual de arriesgadas, pero triunfar donde Leandro, héroe de la mitología, había perecido, significaba que él, todavía un hombre, podía igualarse a los amados por los dioses.

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Quien más admiró la proeza de Byron fue el propio Byron, porque nadie aprecia más una hazaña que quien conoce sus límites. Y es que cuando el héroe actúa lo hace para observarse, medirse y superarse a sí mismo. Nadie le exigirá tanto ni será menos compasivo. Se dice que cuando vivía en Venecia después de las reuniones en los palazzos de sus amistades se tiraba al agua vestido y nadaba hasta casa por los canales. Si era de noche lo hacía con una antorcha en la mano para no ser golpeado por los gondolieri. Semejante imagen produce tanta admiración como ternura. Me gustaría haber conocido sus pensamientos. Unos pensamientos e impulsos que murieron con él y que nunca traspasaron más que con semejantes actos el muro de sus aspiraciones. ¿Qué le movía a escoger ese fatigoso recorrido, por aguas oscuras y pestilentes, en vez de sentarse cómodamente en su góndola y dejarse conducir hasta su palazzo? ¿Qué necesitaba demostrar? ¿No era ya admirado por todos sus contemporáneos, deseado, temido incluso? No. Porque ese no era su público. Byron nadaba para sí mismo, amaba para sí mismo, escribía, viajaba, ironizaba, escandalizaba para sí mismo. ¿Qué quién era ese “sí mismo”? Mi explicación es que dentro de los héroes habita todo un anfiteatro lleno de espectadores silenciosos y exigentes a quienes es impensable defraudar. Porque los héroes no actúan para los hombres sino para el ideal, y sus exigencias, ya seas un libertino, una estrella de rock o una santa, son siempre descomunales. Dime para quién actúas y te diré quién eres.

De lo que no hay duda es que el uso que hacemos de nuestras particularidades es lo que define nuestro destino, que ser héroe es un proyecto de vida. Pero lo que ya resulta más difícil es saber si ese coraje que mueve a un hombre a convertirse en héroe es una condición que nace con él, o si es precisamente su esfuerzo personal el que logra crear un destino único. Voluntad y destino, carácter y destino. Esas son las claves. Pero ¿dónde acaba uno y comienza el otro?

Byron presentía que iba a morir en Grecia. Un año antes de su muerte, cuando estaba planeando el viaje comentó a varias personas su corazonada y tiempo después, cuando su viaje había comenzado y se aproximaban a la isla de Stromboli, señaló: “Si vivo otro año verás reflejada esta escena en el V Canto de Child Harold” El destino es impredecible. O quizá no tanto. Es difícil saber si estaremos vivos el año que viene, pero si indagamos en qué imagen de muerte nos horroriza más que ninguna, tal vez estemos mirando a través del tiempo. Byron tenía esa imagen muy clara. Su mayor temor era morir enfermo, en la cama. Tal y como ocurrió. ¿Es el temor secreto que nos inquieta una visión de lo que está por venir? Días antes de su muerte Byron comentó a un amigo que un adivino le había advertido cuando era niño en Escocia: “Ten cuidado con tu 37 cumpleaños” De eso habían pasado casi treinta años pero Byron no lo había olvidado. Cuando su fin se acercaba el recuerdo se abrió paso en su mente. ¿Es que estaba escrito? ¿Podría haber luchado Byron, como luchó contra otros obstáculos contra su propio presentimiento, contra la trágica predicción? ¿O hay acontecimientos contra los que es imposible batallar? Cuando ese amigo le preguntó si era supersticioso contestó: “A decir verdad, encuentro igual de difícil saber en qué creer en este mundo, que en qué no creer”.

Tal vez tenga algo que ver con su meteórico final que los últimos meses de su vida fueran una continua decepción. Los clásicos griegos a los que él reverenciaba, no se parecían en nada a los habitantes de la Grecia del siglo XIX.

Como casi todas las empresas que realizó en su vida, su viaje a Grecia lo hizo movido por un ideal. Quería que su destino estuviera unido a ese país. Pero cuando llegó allí, dispuesto a defender la unidad de una nación cuyo halo era ya tan mítico como el más antiguo de sus mitos, Byron se encontró con unos lugareños atrasados, mentirosos y ladrones. Su ánimo fue decayendo a medida que se enfrentaba con la idea de que Grecia no era ya una realidad sino un sueño, un estímulo para corazones idealistas. Luchando con su decepción escribió “Sobre los griegos no diré nada hasta que tenga algo bueno que decir, pero no he perdido la esperanza”

Hay que tener en cuenta que aquel viaje era su más importante empresa, que había puesto en él no sólo su fortuna, sino su esperanza de encontrar en el mundo un motivo noble por el que vivir y una causa elevada por la que arriesgar su vida. A medida que los meses pasaban y las decepciones se amontonaban su salud fue resintiéndose. Nunca sabremos lo duro que fue para un corazón como el suyo enfrentarse a la muerte de un ideal. Creo que el mismo sueño que le llevó a convertirse en héroe fue el que acabó con él. El enfrentamiento con la realidad es el peor accidente que puede sufrir un espíritu romántico. Cuando su doctor le dijo que si no cambiaba de actitud moriría, Byron contestó: “¿Es que supones que deseo vivir? Estoy harto de la vida y daré la bienvenida al momento de abandonarla…” El pasado de Grecia fue su estímulo, su presente, representó su final.

Aunque cuando llegó a Missolonghi se le recibió como a un Mesías, no fue hasta su muerte que su desinteresada devoción por aquel país ganó un verdadero impulso entre los propios griegos. Cuando supieron que Byron, el poeta más famoso de Europa, había muerto en la empresa de conducir a su país a la unidad, debieron sentir vergüenza ante sus comportamientos mezquinos y sus tendencias de bandoleros. Su muerte les confirmó un presentimiento. “En el mismo momento que Byron murió” recuerda uno de sus amigos, “se desencadenó la más espectacular tormenta que haya presenciado. Los relámpagos eran terribles. Los griegos, que son muy supersticiosos y creen que semejantes hechos ocurren cuando un hombre superior muere, exclamaron inmediatamente -El gran hombre ha muerto. El mismo Byron habría quedado impresionado por tal fenómeno” ¿Es posible que cuando un alma excepcional abandona este mundo la naturaleza se resienta de la perdida? ¿O fue casualidad? También se dice que cuando Jesucristo, otro hombre enamorado de lo imposible, murió en la cruz, el cielo se oscureció y descargó una impresionante tormenta.

La noticia de la muerte de Byron consternó a toda Europa. Era la primera vez que la muerte de un poeta se sentía con tanto estremecimiento, quizá porque todos sabían que lo que en realidad moría con él era el ideal de grandeza. Los románticos quedaron en deuda con él. Goethe volvió a abrir su obra más importante, Fausto, para dedicarle a Byron sus últimas estrofas. Un joven Tennyson escribió desolado sobre la corteza de un árbol “Byron ha muerto”.

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Es un misterio cómo en determinados momentos de la historia surgen en el mundo figuras que dan forma y voz a una urgente necesidad común. Como ya había ocurrido antes con Alejandro Magno y con Jesucristo, los pre-románticos invocaron la imagen de su héroe ideal y lograron darle aliento, dotarlo de carne y hueso. Byron fue el receptor de aquel anhelo. Representó el “Sturm und Drang”, la Tormenta y el Impulso, que caracterizó a una época. Con su voluntad creó una imagen perfecta que siglos después sigue alimentando el deseo de ser eternos, heroicos. Superó todos los obstáculos con los que el destino le había marcado, demostrando que no hay nada más épico que superarse a uno mismo. Y cuando vio que el mundo ya no merecía la pena, lo abandonó para reunirse con esos dioses que durante toda su vida habían estado pendientes de su magistral actuación. No se aferró a una vida sin ideales. Como todos los héroes supo abandonar el escenario a tiempo, morir cuando la muerte aún podía aportarle grandeza. En esa decisión hay mucha sabiduría y un conocimiento profundo del mecanismo que conforma el mito. Un héroe vive y muere para que otros puedan soñar. Por eso nunca podré dejar de agradecerle a Byron que tomara la decisión de cumplir su sueño heroico. Gracias a él, el mío no morirá nunca.

El siguiente Aristo será Marlon Brando. Como Byron, es una de esas imágenes perpetuas a las que está unida mi vida. Brando es un Byron moderno, un genio que transformó el séptimo arte, dejando una estela de perfección y excelencia que nadie ha superado todavía. Brando es el ejemplo perfecto de virilidad. Su potencia traspasa la pantalla y como toda fuerza de la naturaleza nos sacude y estremece con su brutalidad y belleza.

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