Marlon Brando

Llevo años queriendo escribir un artículo sobre Marlon Brando. Hasta ahora no lo he hecho porque nadie sabe quién es Marlon Brando realmente. He tratado de descubrirlo leyendo su biografía, libros y artículos sobre lo que otros han dicho de él, pero no hay nada fiable más allá de los hechos, es decir, del legado de su trabajo. Las cientos, miles de opiniones y juicios que circulan acerca de él son eso, opiniones. Por otro lado lo que yo admiro de él, lo que me fascina, es su imagen, sus actuaciones y esas muestras de carácter absolutamente insólitas, únicas y seductoras con las que se movía por el mundo. No es un arrobamiento adolescente. Lo fue cuando era adolescente. Pero ahora, con los años, es más inspiración, curiosidad, admiración. Brando es un axioma, un hecho que ha definido mi vida, como la ha definido vivir fuera de España o ser escritora. Y como ocurre con cualquier cosa que nos transforme, su presencia es una presencia real.

Hace tiempo descubrí que la relación que tenemos con el mundo está dividida en grados de intimidad e indiferencia. Uno puede vivir toda la vida rodeado de personas por las que no tiene el menor interés, personas de las que no aprendemos nada, que no nos aportan nada, ni estimulan ni modifican nuestro interior en lo más mínimo. Eso me hace preguntarme: esas personas, ¿son reales? Por muy cerca que estén, por mucha carne que tengan, por mucho tiempo que compartamos con ellas, ¿se las puede llamar reales si no nos modifican o afectan? Una cacerola es real y estar junto a ella no nos añade nada. Una cacerola vacía claro está, no una llena de rico cocido madrileño. Eso es otra cosa.

Real es lo que nos cambia. Por tanto, ese alguien que esta pegado a nuestro pupitre, a nuestra casa, a nuestra mesa de trabajo, a nuestra cama, a nuestra sangre… puede ser completamente inocuo, invisible, imperceptible. Las personas que existen en nuestras vidas son aquellas de las que podemos decir que nos han ayudado a sentir, a ser, a crecer, a ver más, a apreciar más, a vivir más…

Hay personas que se empeñan en reducir el “círculo que les influye” al ínfimo espacio que le rodea. Otros descartan la posibilidad de ser influidos por todo lo que no consideren real. La consecuencia es que hay gente que vive toda la vida de lo que le dan aquellos que no tienen nada que dar, pero que simplemente están ahí, cerca. Se conforman con eso, sin preguntarse cómo sería su vida si expandieran su idea de realidad. No se preguntan: si yo me dejara enseñar por Lee, el sirviente chino de Adam Trask en la novela Al Este del Edén de John Steinbeck ¿no sabría mucho más? Si lo que dice John Galt lo considerara tan relevante como lo que dijo mi profesor esta mañana ¿no ganaría en independencia, heroísmo y valor? Si quisiera saber cómo hacer sufrir lo indecible a una madre ¿no copiaría a Titus Andrónicus y le ofrecería a sus hijos de cena? Este ejemplo es un poco bruto, lo reconozco, pero vale como ejemplo.

Lo que quiero decir es que todos estos personajes de novela, de cine, de ficción en definitiva, que existen a nuestro alrededor, que de hecho han existido y existirán cuando ya no estemos aquí, tienen quizá más que enseñarnos y pueden hacernos vivir con más intensidad que muchas de las personas que consideramos reales.

La relación que mantengo con los personajes de ficción, o en este caso con personas reales con las que nunca he tratado, es una relación real porque su conocimiento y la calidad de las emociones, los ideales y el ejemplo que aportan, me cambia, me estimula, me divierte, me fascina. Hay que aprender a relacionarse con quienes deseamos relacionarnos. No deberíamos conformarnos sólo con lo que tenemos a mano. Hay que crear aquello que deseamos que exista. Esto no es tan extraño como parece. ¿Qué es Dios si no un deseo de grandeza, la necesidad de transcender, un afán de inmortalidad, el anhelo de un padre perfecto? Dios, o lo sagrado, o cómo deseemos llamarlo, es la presencia más inefable, fantástica e imposible que hemos creado. Y desde que el hombre es hombre hemos escogido hacerla vivir en nosotros. Lo mismo ocurre con todos nuestras creencias, pensamientos e ideales. Les dejamos existir, modificarnos, formarnos y transformarnos.

Hace poco me encontré con el lúcido ensayo de Lionel Trilling “Sincerity and authenticity”, (Sinceridad y autenticidad, 1971). En él hay un capítulo titulado: “The heroic, the beautiful, the authentic”, (Lo heroico, lo bello, lo auténtico). Cuando lo vi en el índice, inmediatamente pensé que estos tres adjetivos definían perfectamente a Brando. Fue cuando lo leí, cuando me di cuenta de que esa espontánea conexión que había establecido, a simple vista fortuita, era, como tantas otras veces, producto de una intuición que muy pocas veces se equivoca, porque viene guiada desde más arriba o desde más dentro.

Leer el ensayo puso nombre a muchas de las sensaciones, conceptos y certezas que llevaban cuarenta años dando vueltas, y que eran nada más y nada menos que el producto de una impresión tan fuerte que podríamos describir como “el shock de las cuatro décadas”.

Cuando Trilling pregunta en su ensayo ¿Qué es lo heroico? ¿Qué es un héroe? Dice que una buena respuesta es la que Robert Warshow da en su libro sobre los Western en el cine: “Un héroe es alguien que parece un héroe.” Y continúa diciendo: “Warshow estaba diciendo esencialmente, lo que Margarete Bieber había dicho en su libro sobre el teatro griego, que el héroe es un actor.”

Fue en ese momento cuando me di cuenta de que la fascinación que desde siempre he sentido por Brando está directamente relacionada con todas las otras fascinaciones que mueven mi vida: Lo heroico, el teatro griego, la masculinidad, la potencia en estado puro, el individualismo, el carácter en el destino del hombre, la belleza y por supuesto, el hombre.

La definición de Warshow no es superficial. Lo que se ve, cuando es auténtico, es lo verdadero. Oscar Wilde decía que sólo la gente superficial no juzga por las apariencias y en este caso la frase es más que acertada, porque todos sabemos cómo es un héroe. Cuando en nuestra mente alguien sugiere ese concepto, todos nos representamos una idea, probablemente distinta, pero con rasgos comunes.

Bien. Si alguna vez la idea de lo heroico tuvo una imagen en el mundo real, esa es la de Brando. Incluso si sólo nos fijáramos en su aspecto, con eso bastaría.

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Trilling continúa diciendo sobre el héroe que el favor o la herencia que ha recibido de los dioses es incuestionable y que la dignidad que esa herencia divina le confiere no está escondida, ni tiene que ser revelada o adivinada después de mucho indagar, sino que se manifiesta abiertamente en las maneras y las palabras del héroe, en su físico y en su comportamiento, que se anuncia y se advierte en cómo es. El héroe, repite, es quien parece un héroe; el héroe es un actor porque, cultiva, ejecuta, ejerce, ACTÚA el ideal que tiene de sí mismo.

Brando es el mejor actor de la historia. Esto no lo digo yo, movida por mi fascinación. Lo dice quien sabe de cine, actores, directores, críticos, escritores… La forma de actuar de Brando revolucionó la interpretación y desde el principio influyó no sólo en sus compañeros de profesión, (James Dean le copiaba en todo y Elvis Presley estaba obsesionado con él), escritores como Tennessee Williams escribían obras pensando en él y los directores modificaban los guiones según sus sugerencias.

Si nos fijamos en las palabras de Trilling vemos que Brando cumple como pocos la definición de héroe. Los dioses no sólo le dotaron con un físico único y deslumbrante, además, le dieron talento, más talento del que nadie ha tenido. Y suerte. Una de las cosas que él repetía es la suerte que tuvo en su vida. Es la clase de suerte que sólo tienen los mimados por los dioses. Es la suerte de querer y poder.

Brando se convirtió en el mejor actor de la historia y fue reconocido por ello. Consiguió fama mundial, prestigio, dinero, las mujeres le perseguían, algunas de la forma más excéntrica y se permitía el lujo de elegir la película que haría e incluso dar a su personaje las características que él considerara oportunas. Todo le estaba permitido porque era el mejor.

Lo más interesante de todo esto es que Brando pensaba que la profesión de actor era una solemne estupidez. Confesó, de hecho lo hacía cada vez que tenía oportunidad, que era actor porque no le gustaba trabajar y que siendo actor trabajaba tres meses al año, le pagaban una cantidad ridícula de dinero y el resto del año podía hacer lo que quisiera, es decir, ser Marlon Brando. Porque como buen héroe, y del mismo modo que le pasaba a Byron, Brando actuaba para sí mismo. Trilling lo dice muy claro, el héroe actúa el ideal de sí mismo. El héroe trabaja para ser quien quiere ser. Y Brando quería ser Brando. Ni más ni menos. Y lo fue.

Lo que traía dentro, viniera de dónde viniera y se lo diera quién se lo diera, era realmente único. En su biografía vemos que la meta que persiguió toda su vida fue la de entenderse, de conocer su esencia. El papel que más estudió, el que más problemas le dio, sobre el que examinó y calibró hasta el último detalle fue el de sí mismo.

Brando fue un lector infatigable. Tenía conocimiento sobre todo tipo de materias y temas. Su trabajo le permitía, como a muy poca gente le permite, tiempo para instruirse, para aprender. Brando quería instruirse. Cuando llegó a Nueva York muy joven, después de dedicarse un tiempo a trabajos temporales que no soportaba, decidió seguir a sus hermanas y ser actor. Allí tuvo la suerte de recibir clases de Stella Adler en el Actor’s Studio. Él mismo cuenta que cuando se sentaba a la mesa de la familia Adler, una prestigiosa dinastía de actores judíos, cultos, llenos de ideas, de opiniones, de conversaciones intelectuales y profundas, se sentía un paleto. Era un chico de provincia. Llegaba de Omaha, Nebraska y en su cabeza flotaban las palabras de su padre. “No sirves para nada, Bud. Nunca llegarás a nada”.

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Pero lo cierto es que desde el momento en que decidió ser actor, todo aquel que le veía quedaba fascinado por su talento y su imagen. Hay pocos descubrimientos tan gratificantes como tener claro para que vales en esta vida, qué es lo que sabes hacer mejor que nadie, o al menos tan bien como el mejor.

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Brando consiguió ser reconocido enseguida y como decía antes, tuvo la suerte de ser visto por las personas adecuadas. El papel que lanzó su carrera es uno de los más brutales y memorables de la historia del cine, y del teatro. Un tranvía llamado deseo es una obra dramática escrita por otro genio, Tennessee Williams, que en un principio pensó en Stanley Kowalski como un hombre maduro. Pero Brando, que estaba interesado en interpretar el papel, fue a verle a Provincetown donde Williams estaba pasando sus vacaciones y allí delante de él, una tarde de finales de Agosto de 1947, Brando hizo la interpretación que cambió su vida para siempre. Williams quedó tan impresionado de ver a Brando que decidió cambiar la edad de Kowalski al ver lo que Brando aportaba al personaje. Por la biografía de Williams escrita por Donald Spoto, y titulada a partir de una frase de Blanche Dubois: “The kindness of strangers” –La amabilidad de los extraños- sabemos que Williams dijo al ver a Brando: “Nunca he visto un talento tan natural en nadie” “Es un Stanley enviado por Dios”. Williams que era gay y uno de los seres más sensibles y talentosos que han existido, quedó impresionado cuando Brando, un joven educado y de una belleza extraordinaria, según sus palabras, se arremangó para arreglar un problema de fontanería que tenían en la casa, y no sólo eso, después les cambió las bombillas que se habían fundido y cuando terminó, con toda naturalidad, se sentó y comenzó a interpretar a Kowalski. La reacción de todos los que estaban en la habitación fue, dice Spoto, de entusiasmo instantáneo. Margo Jones, directora y productora de teatro y amiga de Williams gritó: “Llamar a Kazan inmediatamente. Es la mejor interpretación que he visto en mi vida, ¡incluso en Texas!”.

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Hay momentos de la historia en los que me habría gustado estar presente. Ese es uno de ellos. Ver al mejor actor de todos los tiempos, presentándole sus respetos y demostrándole a uno de los mejores dramaturgos de todos los tiempos, que él era el mejor candidato para ese papel… Es una pena que no queden rastros de ciertas escenas de la vida, de esos momentos únicos.

Brando no sólo consiguió el papel, se convirtió en Stanley Kowalski para siempre. Ningún otro actor ha logrado superar su actuación. Poco después, en 1951, fue Elia Kazan, que ya había dirigido la obra de teatro, quien filmó también la versión cinematográfica.

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Es muy complicado describir a cualquier persona. Pero mucho más a alguien tan carismático, polifacético, complejo, impenetrable, difícil, egocéntrico y mentiroso como Brando. Dos de los adjetivos con los que se definía a sí mismo eran loco y mentiroso. Para él, actuar era mentir. Con alguien así es imposible establecer reglas o tratar de encontrar razones. De lo que no hay duda es de que Brando no era normal. No se le puede comparar con nadie, porque su forma de ser y de hacer estaban fuera de la lógica y de la comprensión del resto de los mortales. Se movía y actuaba, en los múltiples sentidos de la palabra, según su propio código de valores, que no aplicaba a nadie más que así mismo. Siempre ocurre así. Todos sabemos que depende de a quién preguntemos seremos un santo o un diablo. Lo mismo sucedía con él. Cada persona tenía su opinión y su experiencia acerca de quién era Marlon Brando.

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Hay algo que tenemos que entender y es que hay personas que son diferentes al resto. Diferentes de raíz, total y radicalmente diferentes. Cuando leemos la vida de los genios casi siempre hay opiniones de aquellos con quien compartieron su vida, que denigran y critican su carácter, sus formas, sus actos… Esas opiniones vienen de personas “normales”, a veces mediocres y a veces sin nada que pueda calificarse de excepcional, de personas cuya idea de la vida, cuya posición en la vida, cuya experiencia de la vida está a miles de kilómetros de distancia de la de ese genio. El genio es genio porque tiene algo dentro que conforma su naturaleza y le permite ver las cosas de forma diferente. Por eso crean obras que nadie antes había creado, inventan objetos que cambian la vida del resto, componen sonidos que nos elevan hacia las alturas y realizan hazañas que nos dejan desconcertados. Los genios son los pocos, la mayoría, es la mayoría. Y sólo por eso, por ser mayoría, la opinión de cómo tienen que ser las cosas y cómo tienen que ser las personas, descansa en su juicio, cuya única fuerza reside que son más. Quiero decir, no hace falta ser un monstruo para que te claven en una cruz y te dejen morir. Basta con ser muchos, tener una opinión, madera y clavos. Como es imposible saber quién era Marlon Brando, porque ni él en su autobiografía puede dar una versión objetiva sobre sí mismo, lo único objetivamente cierto es detallar lo que hizo. Es como preguntarse quién era realmente Jesucristo. Tampoco se sabe. Pero podemos contar lo que dijo, lo que hizo y a partir de ahí hacernos una idea.

Su primer Oscar lo consiguió por su papel en La ley del silencio (1954), dirigida también por Kazan. Una actuación que muchos críticos consideran la mejor de la historia del cine americano y que sin embargo Brando, que era extremadamente exigente consigo mismo, definió de vergonzosa. Cuando antes de su estreno se proyectó la película para el equipo de rodaje, Brando se levantó a la mitad y salió de la sala avergonzado.

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Ser el mejor en lo que haces, que los mejores queden impactados por tu trabajo y que tú te niegues a darle importancia debe ser extraño… para esos mejores. Cuando se supo que iba a interpretar el papel de Marco Antonio en la versión cinematográfica de Julio Cesar de Shakespeare, hubo muchos críticos que pensaron que sería el fin de su carrera. Tenía ante sí uno de los retos más difíciles que se le puede pedir a un actor, interpretar un personaje de Shakespeare. El era muy joven e iba a compartir elenco con actores que ya habían participado en esa obra en el teatro. En el reparto estaba además uno de los más prestigiosos actores ingleses, John Gielgud, un actor que era casi un dinosaurio y que venía de una larga tradición familiar de actores. Cuando la película se estrenó, el mundo del cine quedó fascinado. Incluso Gielgud y sus amigos ingleses, tan pomposos y altivos, considerados los mejores conocedores y los mejores jueces de Shakespeare, quedaron boquiabiertos. John Gielgud le ofreció a Brando hacer de Hamlet en el Lyric de Hammersmith, uno de los escenarios más prestigiosos del mundo, pero Brando rechazó la oferta. En su biografía Brando dedica apenas dos líneas a aquella experiencia. Para él no fue nada. Una payasada cómo interpreté a Marco Antonio, dijo.

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Su papel en “The wild one”, Salvaje (1953), se convirtió en una película de culto para los jóvenes americanos. A pesar de que es malísima, la imagen de Brando subido a una moto con cazadora de cuero, se convirtió en un icono. Es la primera película sobre moteros de la historia y su look fue la imagen que adoptó un nuevo tipo de música que estaba naciendo en USA, el Rock&Roll. Incluso Elvis Presley, que ya he dicho estaba obsesionado con él, copió su look. Eso que ahora vemos por todas partes y que relacionamos con el puro estilo americano, vaqueros y chaqueta de cuero, lo puso de moda Brando. La película, bastante simple, sigue a una banda de moteros y los estragos que ocasionan en un pequeño pueblo americano. En esa época se consideró muy violenta y durante catorce años fue prohibida en el Reino Unido. La película no me parece memorable excepto por la repercusión social que tuvo y por el personaje de Brando, pero una de las frases mas “cool” y emblemáticas que se han dicho en el cine aparece en ella. Es una frase que define la juventud en dos palabras. Cuando una señora le pregunta a Brando, Johnny en la película, ¿Contra qué te rebelas? Johnny le contesta: ¿Qué es lo que tienes? En inglés Johnny utiliza argot: “Whaddya got?” Suena mejor, pero la idea es esa: Sea lo que sea, me rebelo contra ello. No es de extrañar que a partir de se momento todos los jóvenes de América quisieran ser Brando. Las ventas de cazadoras de cuero y vaqueros se dispararon y desde entonces son un símbolo de rebeldía e inconformismo.

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Brando era así. Como Johnny en Salvaje, pensaba nadie podía decirle qué tenía que hacer. La claridad con la que percibía su talento, la lucidez con la que veía a sus personajes y su infinita intuición, lograron las escenas más sublimes de la historia del cine. Al mismo tiempo, su carácter era su estigma. Brando era inconformista, demasiado sincero, arrogante, perfeccionista, despreciaba a Hollywood, y después de unos años comenzó a perder el poco interés que tenía en su trabajo. Ser actor era para él una forma de conseguir otras cosas y en los años 60 comenzó a participar activamente en política y a trabajar en películas de baja o nula calidad, sólo para conseguir dinero para apoyar causas humanitarias, que él consideraba eran lo verdaderamente importante, significativo y real. Ahora nos parece normal que un actor o cantante se involucre en temas sociales, pero en esa época Brando fue también pionero. Su labor más destacada fue apoyar los derechos civiles de los negros en Estados Unidos y denunciar la situación de los indios americanos. La noche en que mataron a Martin Luther King se fue a Harlem y allí, rodeado de francotiradores y la tensión extrema que flotaba en el aire, caminó junto a los negros para reivindicar el trabajo de King, al que llevaba años apoyando. Donó dinero a diversas causas políticas y sociales, entre ellas al partido de los Black Panthers, hasta que sus métodos comenzaron a radicalizarse. De 1954 a 1958 participó en películas nada memorables pero que contenían temas sociales.

En 1958 hizo una película que a pesar de contar con un reparto excepcional, Dean Martin, Montgomery Cliff y él mismo, y de que tuvo bastante éxito de taquilla, no me parece demasiado interesante. “The Young lions”, traducida, El baile de los malditos, no tiene más aliciente para mí que tiene ver a Brando teñido de rubio, interpretando un teniente nazi que detesta lo que está ocurriendo y que acaba desertando. Su actuación es magnífica y su look es simplemente glorioso.

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La siguiente que rodó fue “The fugitive kind”, (1960) basada en la obra “Orpheus descending”, de Tennessee Williams en la Williams había trabajado durante veinte años. Es una de esas joyas olvidadas, no se sabe por qué, donde Brando hace uno de los papeles más atractivos, curiosos y misteriosos de su carrera. Es una de mis películas preferidas y escribiré un artículo completo sobre ella más adelante. Está dirigida por Sidney Lumet e interpretada por Anna Magnani, Joanne Woodward y Maureen Stapleton. Brando recibió un millón de dólares por actuar en esta película. Eso le convirtió en el primer actor de la historia del cine en recibir tal cantidad por una sola película.

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La película es un tratamiento muy original del mito griego de Orfeo. Brando aparece con una guitarra y una chaqueta de piel de serpiente. Snakeskin, es como se le conoce en los bares de Nueva Orleans donde trabaja como músico y “animador”. Rodada en blanco y negro, está creada con un ambiente oscuro de “Southern gothic” o gótico sureño, que le aporta un aire simbólico e insondable.

Otra película olvidada de esa época y que forma parte de mis preferidas es “Reflections in a Golden Eye”, (1967), Reflejos en un ojo dorado, sobre la que escribí un artículo hace años y que vuelvo a publicar porque creo que es absolutamente imprescindible conocerla. Por eso no diré más que está dirigida por John Houston y que Brando, en uno de sus papeles más impactantes, comparte escena con la magnifica Elizabeth Taylor. Merece la pena verla. Si queréis enteraros antes de qué trata, leer el artículo.

De esa época hay que destacar también “One eyed-Jacks”, (1962). En España se tituló El rostro impenetrable. La única película de Brando como director. Aunque al principio no fue muy bien recibida con los años se ha convertido en un Western de culto. Es una historia de amistad traicionada, de venganza, rodada en la maravillosa península de Monterey.

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The Chase (1966), La jauría humana, de Arthur Penn, es una película que se me quedó grabada cuando la vi de pequeña. Cuando hoy la veo, sigo sintiendo la misma repulsión y nausea que hace años hacia ese pueblo de monstruos acomodados, viciosos, racistas y depravados. Es enervante, muy buena. Brando interpreta a un sheriff que representa el orden, la masculinidad, la solidez y la honestidad, y que se enfrenta a una ciudad de pervertidos, degenerados y asesinos. Es una pesadilla moderna que va adquiriendo velocidad y violencia a medida que transcurre la noche del sábado.

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Justo antes de aparecer y reaparecer en todo su esplendor en El Padrino, Brando hizo otra de esas películas desconocidas que a mí me parece fascinante, The Nightcomers. Es una precuela de Otra vuelta de tuerca, el relato de fantasmas de Henry James, a partir del que Jack Clayton rodó la insuperable “The innocents”. Brando interpreta a un bestial y lascivo Peter Quint, que tiene fascinados a Michael y Flora, los niños de la mansión donde trabaja, con su ingenio e inventiva y que una vez muerto los poseerá junto con su amante, también muerta, para poder seguir teniendo carne, es decir para poder seguir teniendo relaciones sexuales con ella.

Cuando apareció El Padrino, Brando era una leyenda, pero también un “outsider”, un actor que todo el mundo reconocía como el mejor, pero con el que muy pocos se atrevían a trabajar. Se había creado fama de hombre difícil, de problemático, de soberbio. Sin embargo, cuando se tuvo que decidir quién podría hacer de Vito Corleone, Coppola pensó que sólo el mejor actor del mundo sería capaz de interpretarlo. Lo mismo pensó Mario Puzo, que dice haber escrito la novela pensando en Brando. El Padrino significó la vuelta de Brando al circuito comercial. Los críticos, sus compañeros de profesión y el público coincidieron en que Brando seguía siendo Brando. Ganó su segundo Oscar con su interpretación,  pero se negó a ir a recogerlo. En su lugar mandó a una india Apache para reivindicar los derechos de los indios y la forma en que habían sido presentados en Hollywood.

Después de El Padrino, Brando hizo El último tango en París (1972), una película muy erótica y explícita en la que Brando interpreta un maduro viudo americano que inicia una relación sexual con una joven parisina en el apartamento que los dos quieren alquilar. La película fue para Brando un trabajo duro. Dijo que lo que había dado en ella era algo que jamás volvería a hacer. Fue una experiencia que le dejó sacudido emocionalmente. Dice que se expuso demasiado. Y lo cierto es que hay escenas en la película en las que Brando habla sobre sí y relata experiencias de su vida que le marcaron. Es decir, Brando estaba exponiendo a ese Brando oculto que nunca había querido mostrar, ese Brando que nadie había conocido y que llevaba sepultado en su interior. Sus recuerdos de cuando era un joven sin medios en Omaha, las sensaciones de no valer nada, de no tener nada… Brando odiaba a su padre y adoraba a su madre. Sus memorias autobiográficas se titulan “Songs my mother taught me”, Las canciones que me enseñó mi madre. En ellas habla con una sinceridad desnuda de elogios y apreciación sobre sí mismo y su familia. El padre de Brando, Marlon Brando sénior, era un hombre masculino, bravucón, violento y a veces cruel, hacia el que siempre tuvo sentimientos extremos.

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Al final de su vida Brando participó en algunas películas poco memorables. Creo que su carrera puede considerarse completa con las dos películas que menciono a continuación. En 1978 hizo un pequeño papel en Superman (Richard Donner) una de las películas que más ha marcado mi vida. A pesar de que lo heroico es un tema que me fascina el de los super heroes me aburre bastante. Sin embargo, Superman tiene un simbolismo del que hablaré en otra ocasión. Brando, Jor-El, envía su hijo a la tierra para salvarnos de todo mal. Es el padre de un Jesucristo moderno, una versión americana de cómo tiene que ser el salvador. Brando hace de Dios. En 1979 Francis Ford Coppola volvió a trabajar con Brando en Apocalypse Now, donde Brando interpreta a Kurtz, un hombre que se ha alejado de la sociedad y se ha convertido en un dios en un remoto lugar de la jungla. No es una coincidencia que al final de su vida, cuando Brando era más que una leyenda, se retirara a su isla privada de Tetiaroa para vivir apartado del mundo.

Dice que siempre hizo lo que le dio la gana. Hacía lo que quería, cuando quería y con quien quería, si se dejaba, claro está. Y lo hacía simplemente porque podía. Su vida es una aventura continua, un sin fin de anécdotas y experiencias, de personas y personajes. Brando tuvo una vida rica y alocada. Fue muy mujeriego. De hecho otras de las cosas que decía sobre sí mismo es que era adicto al sexo. Se acostó con miles de mujeres. Sus aventuras amorosas son a veces más increíbles que cualquier película. Se acostaba con dos o tres mujeres al día. Las mujeres se le ofrecían a todas horas, le perseguían, le acosaban, le adoraban… Una de las anécdotas más curiosas que cuenta en sus memorias, es sobre una chica que le llamó durante semanas sin decir nada hasta que un día consiguió hacerla hablar. Le confesó que estaba enamorada de él , que creía que era un dios y que había planeado secuestrarle y… comérselo. Brando no se dejó intimidar, curioso, invitó a la chica a su apartamento y allí ella le preguntó si podía lavarle los pies. Estaba claro dice, que ella le veía como una especie de Mesías, y que en ese momento ella estaba interpretando a María Magdalena. La chica estaba totalmente loca por él, pero también loca. Brando habló con ella, la intentó convencer de que era sólo un hombre más, pero ella no se dejó convencer. Al final se acostó con ella y… ella se volvió aún más loca.

La descripción de Brando que más me gusta en boca de una mujer es la de Rita Moreno, (West Side Story). Rita mantuvo un romance intermitente con Brando durante ocho años y estuvo a punto de suicidarse por él. En sus memorias dice: “Verle por primera vez hizo subir la temperatura de mi cuerpo como un cohete, como si me hubiera metido en una bañera de agua caliente, lo que ocasionó que todo mi cuerpo se encendiera. Era la clase de llamarada que inspira poesía y canciones” “Decir que era un gran amante- sensual, generoso, deliciosamente imaginativo- es subestimar lo que le hizo no sólo a mi cuerpo, sino a mi alma. Cada momento con Brando era emocionante porque estaba más vivo que nadie que haya conocido”.

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Me pregunto cómo sería encontrarse a solas con semejante bestia, con un hombre que creía que el mundo giraba a su alrededor, que tenía la presencia de un dios y el carácter de un Ulises moderno.

Y también cuánto le marcó el alcoholismo de su madre. ¿Cómo hubiera sido Brando sin una madre a la que había que ir a recoger del suelo de los bares y un padre que nunca estaba, mujeriego y agresivo? La pregunta que él se hizo durante toda la vida: ¿Por qué mi madre prefería emborracharse a cuidarme? Es estremecedora. No hay que olvidar que, como todos, Brando no tuvo más remedio que pasar por esa época de vulnerabilidad absoluta, en la que dependemos de la mirada y el cuidado de otros. Pero con todo eso Brando se hizo a sí mismo, y lo hizo a su imagen y semejanza. No hay nada más grande que eso. Creo que es una cuestión de equilibrio cósmico que haya personas que puedan hacer lo que quieran de su vida y en su vida. La mayoría tiene que conformarse con lo que le toca vivir, se queda con ganas de hacer realidad sus fantasías, sus sueños. Que haya alguien que consiga hacer todo sin remordimientos es una idea que me gusta.

Se casó tres veces, las tres porque las mujeres se quedaron embarazadas. A pesar de que el no tenía deseos de formar una familia, ni de casarse, lo hizo por los niños. El resultado fue que acabó manteniendo tres familias con las que nunca convivió. No tenía ningún interés en ser padre. Él dejaba claro esa cuestión desde el principio, pero las mujeres se empeñaban en hacerlo a su manera. Se quedaban embarazadas para que se casara con ellas y les pasara una pensión. Brando se quejó toda su vida de la cantidad de mujeres que le llamaban diciendo que iban a tener un hijo suyo. Después de pruebas de paternidad muchos resultaron no serlo, pero aún así las mujeres lo intentaban. Brando decía que sabía que no le querían y que sólo se quedaban embarazadas porque era un actor famoso y porque creían que tenía mucho dinero. Nada más lejos de la realidad. Brando vivió casi toda su vida en bancarrota. Las pensiones que tenía que pasar a sus hijos, a los niños que ellas adoptaron, de los que también se hizo cargo, los abogados, sus locas inversiones, sus experimentos, sus estrafalarias adquisiciones inmobiliarias, los prestamos que hacía a amigos, las invitaciones a cenas… Cuando estaba en números rojos hacía una película y durante un tiempo vivía de ese dinero, hasta que de nuevo se quedaba sin fondos y tenía que volver a hacer cine. Aún así, cuando murió, dejó una herencia valorada en más de 21 millones de dólares.

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Como profesional ha dejado un legado mucho mayor. Su imagen y sus actuaciones son lo que perdurará para siempre. ¿Fue feliz? Probablemente como todo el mundo, a veces sí y a veces no. Nadie lo sabe excepto él. Pero sin duda fue alguien que supo hacer uso de lo que se le había dado y disfrutó de ello todo lo que pudo. Marlon Brando fue un hombre que se sabía hombre. Tuvo una vida excepcional, totalmente única y memorable. Una vida que ya casi es imposible, porque el mundo ha cambiado y la clase de hombre que él era, se ha convertido en un peligro.

He dejado fuera de este artículo muchas películas y muchos detalles, muchas anécdotas y mucha información. Sería imposible incluirlos todos aquí sin que esto se convirtiera en un libro.

El día que murió, 1 de Julio de 2004, estaba en Ibiza. Acabábamos de volver de correr y me estaba estirando en el salón de la habitación del hotel. Puse la televisión y oí la noticia: Marlon Brando ha muerto. No sé qué me ocurrió pero toda la parte del cuello, cervicales y hombros se contrajo. Durante semanas estuve casi inmóvil, sumida en un estado de shock. No es que no lo esperara, estaba enfermo, era mayor… Pero había dejado de existir el hombre más hermoso de la tierra, el mejor actor de la historia, uno de los seres más especiales, originales y geniales que han existido. Y lo más importante, como decía al principio, para mí no era un extraño, Brando es alguien con quien he crecido, alguien que me ha ayudado a comprenderme mejor, a entender muchas de las peculiaridades, ironías y sutilezas de la vida, alguien con quien disfruto de los mejores momentos del cine. Sus personajes son creaciones con las que mantengo un diálogo creativo inagotable. Y a nivel estético, su imagen es una de las mayores fuentes de placer de mi vida.

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A medida que nos hacemos mayores, que sabemos más y nos cruzamos con más personas, nos volvemos más exigentes. Cada vez permito menos intromisiones en mi vida a todo lo no que no sea enriquecedor y valioso. Lo no-escogido no tiene espacio en mi cotidianidad. De él he aprendido que no es necesario ser como los demás. Jamás gustaremos a todo el mundo seamos como seamos, así es que lo mejor es ser como queremos ser y olvidarnos del resto. Porque hay que recordar que podemos hacer lo que nos de la gana. Esa es la realidad. Una realidad que pocos se atreven a poner en práctica. Es necesaria cierta coherencia a la hora de escoger con qué queremos llenar nuestra vida, y por supuesto valentía.

Brando rezuma rebeldía, inconformismo, genialidad, originalidad, carisma, belleza, masculinidad y ese grado de locura necesario a la hora de vivir la vida en toda su plenitud. Del enigma Brando me quedo con todo eso.

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